Ella caminaba presurosa portafolio en mano y cartera colgando de su hombro, se aprestaba a cruzar las líneas blancas de la gran avenida. Venía de una audiencia muy difícil, muy litigante, las partes no se ponían de acuerdo y encima le tocó un letrado contrario de los controversiales, se le hizo difícil el acuerdo, pero lo logró. Era lo que siempre manejaba mejor en los juicios, los acuerdos, aunque verdaderamente en cada uno de ellos dejaba no sólo todos sus conocimientos y experiencia sino su cuerpo y su alma.
Amaba su profesión pero prefería dedicarle más tiempo a otro aspecto de la misma, el de la investigación previa a la demanda. Ese tiempo en que leía sin horarios fallos jurisprudenciales y toda doctrina importante que cayera en sus manos, la reunión de las pruebas, en fin todo lo que significara poder reunir todo el material necesario para luego poder presentar una demanda excelente en la que no hubiera resquicios por donde dejar pasar a la contraria y entonces al verse acorralados, tener que acordar.
Todo esto pensaba mientras cruzaba presurosa la avenida frente a los Tribunales, sin prestar demasiada atención a su actitud al cruzar, lo hizo con el semáforo en rojo. Apenas hizo un metro aproximadamente y sintió cómo su cuerpo era golpeado fuertemente y despedido a varios metros del lugar cayendo en la calle sin sentido.
Mientras volaba por el aire antes de caer vio cómo entraba en un largo pasillo azul, su cuerpo se deslizaba por él con la misma lentitud de una cámara que puede hacerlo una cámara cinematográfica, no sólo sintió una gran sensación de paz sino que simultáneamente que recorría el largo pasillo veía que se acercaba a un amplio lugar de donde emanaba una luz blanca como jamás había visto, la cual al llegar la había cubierto de un sentimiento intensísimo de amor y de paz, había llegado a un lugar del cual nadie quisiera irse jamás y por un segundo ella tampoco quiso.
A los pocos instantes comenzaron a aparecer personas conocidas anteriormente que habían fallecido pero no se le acercaban permanecían paradas con rostros de una inmensa paz y felicidad pero ninguno, y muchos eran muy queridos para ella, se le acercó.
De pronto y sin poder ver de dónde, apareció frente a ella un ser que emanaba una amorosa luz que lo envolvía todo y que la tomó de la mano y la llevó a un lugar rodeado de flores donde comenzó a hacerle algunas preguntas, en la que más insistió fue en cuánto había amado, pero no solamente a sus seres queridos y cercanos, sino también a los desconocidos y hasta a sus enemigos. No pudo contestarle que lo había hecho, había amado mucho a sus padres, a su hermano, a sus hijas y a su trabajo, pero no creía tener muchas más personas que agregar, en realidad había hecho una vida cerrada dentro de su núcleo familiar y todo su esfuerzo y su amor se lo había dado a ellos y a su trabajo, argumentando esta actitud con infinidad de inoperantes excusas.
El ser de luz, le preguntó por sus hijas, ella le dijo que la mayor, había partido hacía unos años, a lo que el ser le contestó que lo sabía y que pronto la vería, y en cuanto a la menor, vivían juntas y era todo lo que tenía en la vida, esto era recíproco y si bien siempre había deseado reencontrarse con su hija mayor, no esperaba abandonar ahora a la menor, su sufrimiento sería atroz y temía por su reacción y por lo que pasara con su fe, algo que hasta ahora había sido muy fuerte.
El ser de luz, luego de escucharla atentamente, la tomó de la mano y le dijo que solamente podría volver con su hija menor si le prometía que desde que volviera a vivir su vida normalmente comenzaría a amar más, amar en el auténtico sentido de la palabra, amar sin esperar recibir nada a cambio, "amar a los que más lo necesitan, amar al prójimo como a sí misma". Estas últimas palabras le confirmaron el exacto lugar en el que se encontraba y quién era ese ser de luz, el mismo a quien siempre había tratado de seguir en su fe, era Jesús, y le estaba proponiendo un acuerdo, pensó apenas un instante en lo que esto significaba y lo abrazó llorando mientras le decía que sí y que nunca dejaría de agradecerle, solamente le pedía que le permitiera ver y abrazar unos instantes a su hija primera, quien hacía ya unos años estaba en ese lugar, con Él.
Jesús le pidió la esperara y en instantes regresó de la mano de su hija tan amada y tan necesitada su presencia en su vida desde hacía diecisiete años. Bastó que ambas se miraran para que se fundieran en un abrazo que la llenó de una vida nueva y de un amor que no imaginaba nunca que pudiera ser capaz de sentir.
El abrazo con su hija le fue permitido que fuera muy largo, de mucho tiempo, al par que ambas se besaban en las mejillas y se decían mutuamente que se amaban como antes, su hija le decía que se fuera tranquila que ella estaba perfectamente bien, que era muy feliz allí y que siempre estaba cerca suyo y de su hermanita y que las seguiría esperando hasta que el Padre lo decidiera. Se dieron el último apretón y Jesús le indicó el camino por el cual salir, al alejarse vio a su hija tomada de Su mano y se fue tranquila y feliz.
Fue en ese mismo instante cuando abría los ojos y una luz blanca metálica que le dañaba la vista la sorprendió, vio a su hija menor llorando y riéndose al mismo tiempo a su lado y al instante llamar a un médico, Enseguida vinieron varios de ellos y pudo ver la enorme sonrisa de su hija pidiendo por besarla, lo cual ella también hizo. Estaba otra vez en casa, recordó todo lo vivido y se dijo a sí misma que debería empezar inmediatamente a cumplir su parte del acuerdo, la Otra Parte, ya había cumplido la suya...
Mientras abrazaba a su hija menor pensó que seguiría trabajando en acuerdos en la profesión, sin duda era buena con ellos, había logrado el mejor de toda su vida.











