sábado, 12 de noviembre de 2011

La visita



La llegada de la amiga de su hija le molestaba, no era una mala chica, venía sólo por un rato y se iría pero traería sus dos niñas de 7 y 10 años. Ella con esta visita se sentía invadida, su enfermedad no sólo le impedía salir de su casa, también la hacía sentirse mal el que viniera gente a ella, ver gente extraña en su casa era un martirio difícil de sobrellevar.
 Se dijo a sí misma que superaría el trance y que se quedaría encerrada en su cuarto para no sentirse tan mal. Eso pensó sinceramente, que podría superar su agorafobia y por lo menos encerrada en su cuarto no sentir los terribles estados de angustia que la aquejaban en situaciones como esa.
 Estuvo nerviosa desde el día anterior, tanto que hasta soñó algo relacionado con esa visita, se levantó con la misma preocupación y el resto del día mientras indicaba a su empleada las tareas novedosas a realizar por la llegada de la invitada, su angustia, su nerviosismo, su intranquilidad y su sensación de invasión iban en aumento.
 Tuvo que ocuparse de algunas cosas antes de que llegara la amiga de su hija, las hizo con premura y pensó en todas las posibilidades que le quedaban de no tener que vivir la angustia de recibir a las visitas, pero no encontró otra mejor que la de quedarse encerrada en su cuarto hasta que se fueran.
 Las horas corrían, los minutos pasaban y ya se comenzaban a notar los síntomas de su enfermedad, decidió por lo tanto comer algo liviano y recostarse en su cama, para lo cual se desprendió de los siete gatos que poblaban su casa, un capricho que tuvieron ella y su hija un día de quedarse con toda la cría de su pareja de gatos.
 Cuando las tres de la tarde estaba cerca, ya se trajo su Coca Cola, cerró su venta y apagó la luz. Estaba totalmente sola. Se quedó en absoluto silencio durante mucho tiempo, todo el que correspondió a la presencia de la intrusa. Se terminó quedando dormida, cuando se despertó se sentía somnolienta y pequeña, si, literalmente muy pequeña, miró sus manos y se asustó tenía garras y pelo en ellas, de un color amarillento, se incorporó en la cama y notó que su cuerpo no era el mismo que siempre tuvo, corrió como pudo con su nuevas piernas hacia el espejo, no podía creer lo que veía, el espejo le devolvía la imagen de una linda, gordita y peluda gata rubia, indudablemente no había podido superar su agorafobia y su organismo se defendió como pudo.



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