sábado, 30 de julio de 2011

La sorpresa




Ese jueves entró a su casa después de una larga jornada en la que no había podido pasar al mediodía a almorzar, su mujer contestó su saludo sin levantar los ojos de la mesada donde cocinaba la cena porque se habían quedado sin empleada. No le preguntó siquiera cómo estaba o cómo había sido su día. Siempre era así. Trabajaban en el mismo lugar, no había mucho de nuevo para enterarse.
 Años de convivencia en la casa y en el trabajo habían hecho de ellos dos personas cansadas de verse, la verdad, cada uno lo sabía en lo propio y del otro pero ninguno se animaba a decirlo nunca, pero estaban hartos de ese matrimonio.
 Por eso cuando él se le acercó para saludarla con un beso, ella se sorprendió y sólo atinó a abrir los ojos, su pensamiento fue -y ahora qué le pasará a éste?- Él sabía que ella pensaría algo parecido pero siguió hacia el dormitorio a cambiarse y volver para encontrarse con su hija saludarla y sentarse la familia a cenar como todas las noches de sus vidas, mirando la televisión.
 Él siempre se iba a dormir primero, era la manera de soslayar con un verdadero a veces, otras simulado sueño, la última obligación del día, tener sexo con su mujer.
 Tenían un día de la semana para eso y era el sábado a la noche. Hacía años que ya estaba tácitamente estipulado y ni uno ni el otro esperaba nada el resto de los días de la semana, trabajaban mucho los dos y el cansancio consumía las energías y fue consumiendo también el amor de la pareja, pero por las dudas él siempre se dormía antes que ella.
 Esa noche a diferencia de siempre se quedó mirando una película, ella dejó los trastos de la cocina para el día siguiente y cayó exhausta en el sillón frente al televisor. Deberían encontrar una empleada pronto, ya no aguantaba ese ritmo de la casa.
 Se enfrascaron en una película que él ya había visto, los dos solos, la hija adolescente de ambos nunca se quedaba, al día siguiente se levantaba temprano para ir al colegio.
 La película terminó y el matrimonio se fue a la cama. Se desvistieron ambos al mismo tiempo. Él ya había olvidado cómo era su cuerpo, lo de los sábados era tan automático... Lo notó extraño, más voluminoso de lo que creía y su piel bastante más oscura. La cama solar había dejado sus resabios.
 Ella se puso su pijama azul y él se acostó en ropa interior. Ella pensó que tendría frío, pero se dijo -que haga lo que quiera- y apagó la luz, se disponía a dormir con un leve y aburrido "hasta mañana".
 Él no le contestó, se dio vuelta hacia ella  y comenzó a acariciarla, en medio de la oscuridad, pasó sus manos por todo su cuerpo y desde su posición comenzó a besarla en el cuello. Ella no entendía nada, pero le gustaban las caricias sorpresivas y además tenían un no se qué de intensidad que la excitaron lo suficiente como para responder con todas sus armas.
 Tuvieron una sesión de sexo de casi una hora, él desplegó toda su virilidad contenida y ella respondió como podía, no era mucho lo que podía dar, su limitación sensual siempre fue evidente. Al final cada uno volvió a sus lugares y a dormir. ´
  Él se sintió aliviado, estaba muy excitado cuando la buscó, tuvo que hacer un gran esfuerzo y contenerse para lograr un orgasmo que se hubiese producido mucho antes, debía disimular, no era un hombre precoz, era un hombre que cada vez que podía hablaba por teléfono con la mujer que amaba con locura hacía cuarenta años y de la cual lo separaban mil kilómetros, ese día habían hablado, una entrada inesperada en la oficina interrumpió el amor.
 Su mujer esa noche se durmió feliz y a mil kilómetros otra, lloraba amargamente. Él dado vuelta hacia su lado pensó largo rato antes de dormirse.

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